La espina enquistada

Hoy es uno de esos días en los que estoy en modo reflexivo, que las charlas en la playa con amigos sobre temas profundos hacen que te plantees la vida y las cañas en buena compañía te ayudan a psicoanalizarte un poco.

Todos tenemos una mochila en la que vamos metiendo nuestras vivencias. Las buenas, las malas, las que queremos compartir con el mundo, las que no queremos que nadie sepa… pero en ocasiones, esa mochila pesa demasiado y tenemos que vaciarla un poco para poder seguir llenándola de nuevas experiencias. Al final, si nunca la vacías, sufrirás continuamente por los mismos temas y no podrás avanzar.

Yo soy de las que piensan que a veces, la mejor manera de superar algo, o por lo menos de saber sobrellevarlo es hablarlo, sacar de dentro esas espinas que se nos van enquistando y produciendo una herida más grande cada día.

No es contarle al mundo tus problemas, es confiar en alguien que sabes que estará a tu lado, pase lo que pase, y en quien te puedas apoyar cuando notes que flaqueas. O a veces, simplemente, pararte a escucharte a ti misma, ver tus problemas desde la periferia y encontrar el modo de abordarlos. La actitud más cobarde es evitar los problemas, rodearlos y seguir adelante con la vida, pero eso al final trae sus consecuencias, convertidas en sombras que nos acompañan, que nos cambian, que nos impiden vivir la vida como debería ser vivida.

Yo tengo muchas espinas, pero he conseguido unas bonitas pinzas para ir sacándolas poco a poco. No es fácil, no se consigue cambiar de un día para otro una actitud o forma de actuar que lleva acompañándonos toda la vida. Pero lo principal es tener ganas de hacerlo, motivación y no rendirse ante las adversidades.

A veces, creemos que las cosas no nos afectan porque intentamos por todos los medios que así sea, ignorándolas. Pero las espinas se clavan de todas formas, aunque nos protejamos con un escudo de acero, encuentran el hueco para penetrar en lo más profundo de nuestro ser. No deberíamos tener miedo a que esas espinas entren. Lo que debemos hacer, es ayudarlas a salir cuando ya han cumplido su función. ¿y cuál es su función? ENSEÑARNOS. Cada herida nos trae una lección, cada golpe una cicatriz para que lo recordemos siempre y cada decepción nos da la oportunidad de tener una nueva aspiración.

 

No tengas miedo a tener espinas. Las rosas más bonitas están cubiertas de ellas. Solo aprende cuándo, cómo y con quién sacártelas.

 

Gracias por leerme y hasta pronto.

Jen

 

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